A veces … es demasiado tarde !

A veces, creo que ni yo se quién soy, por ende, menos podrías saberlo tu. ¿Por qué no sé quién soy?Bueno, no lo tengo del todo claro pero supongo que si nos formamos una imagen de nosotros en base a lo que otros dicen que somos, pues esa imagen no calza con lo que yo creo ser. Para nada, ni en el más básico de los aspectos. No lo soy lo que quiero ser, no soy lo que tu crees que soy, no el hombre funcional, capaz de mantener un hogar, capaz de marcar las directrices que necesita una familia ni nada similar. No soy capaz de reconocer que las cosas no son como yo creía que eran, por el contrario, sigo viviendo en el error. No soy lo que ellos necesitan, no soy lo que quiero, no soy lo que ellos aman, ellos no son los que yo amo; porque llevamos años engañándonos, cubriéndonos la cara con pañuelos, llevando sombreros y gafas que nos priven de mirar a los ojos, de sentir en las palabras, de gozar de un abrazo. Me he ahorrado la molestia de verlos crecer, de saber que sienten, de sus problemas, desdichas, desconsuelos, desilusiones. Todo. Me limité. Me perdí todo.
Llevo años pensando que esto que teníamos era lo que necesitábamos para ser felices, pero no era más que un castillo a base de una baraja, una casa de cristal, que se vino abajo con el más mínimo de los movimientos, con la primera avalancha de emociones restringidas… Hace años que ya no los veo sonreír, abrazarme con anhelo, con apremio como cuando eran pequeños. Hace tiempo que ya no espero para desearles buenas noches. Hace tiempo que no me uno a ellos para que tengan un buen día.
No, no es culpa mía, es culpa de todos. ¿O es que de un minuto a otro comencé a vivir sólo sin que siquiera me lo comunicaran? Si, es probable. Me fui a vivir sólo cuando dejé de saber quienes eran sus amigos, quienes compartían con ellos todas esas horas en las que yo no era más que un nombre. Me fui de ellos cuando los dejé al desamparo frente a una sociedad que no dudó en esclavizarlos. Me fui cuando no vi que se estaban haciendo más daño ellos mismo de lo que podría haberles hecho otro, excepto yo. Me fui cuando dejé de enjugar sus lágrimas, cuando dejé de cuidar sus sueños, cuando dejé de acompañarlos a comer, cuando dejé de escuchar sus silencios , cuando dejé que otro acompañara la armonía de sus carcajadas.
Me alejé cuando dejaron de ser mi prioridad, cuando erré el camino, cuando los humos no me dejaron ver la superficie, cuando me desligué, cuando se me olvidó que eran mi responsabilidad. Me fui cuando dejaron de llamarme papá.

Movimiento !

¿A quién se le ocurrió decir que es mejor estar en constante movimiento?

¡Nada que ver! Ahora andamos todos tiritones con tanto telurismo concentrado. Parece ser que la espera del próximo temblor es lo que nos mantiene despiertos, y cuando llega, salismo corriendo como si fuera lo peor que nos podría pasar … ¡pero si lo estabamos esperando!

Francamente, yo no entiendo. A mi me supera esta situación de no saber si la cosa va, viene o se detiene. Evacuar, quedarse dentro. Gritar, seguir durmiendo. No, mejor comentar con el grupo:

- Oye! está temblando …

- Si. Y es fuerte.

- Yaaaaa … y no para !

Con eso, nos espantamos los cucos entre nosotros mismos y el pánico quedan a un lado.

Hace unos días, en mala hora, se me ocurrió mencionar que estaba empezando a disfrutar de los terremotos. ¿Por qué? Porque fue mi primera vez! y no quería vivir para siempre con un recuerdo traumatico de semejante acontecimiento ! Entonces decidí que las replicas no me paralizarían sino que me harían absorver las sensaciones. Sentir que la casa cruje, que las cosas se muven sin sentido logico aparente, que el suelo no es más que una capa fina de maerial que puede ceder por el colapso en cualquier momento. Sentir de forma encadenada odas esas cosas de las que no podría darme cuenta si estuviera corriendo.

Hasta antes del terremoto, lo más seguro y estable para mi era el suelo, esa gruesa capa de materiales solidos y concretos que me separa de las demás capas de la tierra. Después de terremoto, cuando lo vi ajado, levantado, fisurado, ondeado, ya nada volvió a ser lo mismo. Eso que para mi era tan indestructible, no era más que una ilusión que yo me creí al 100 por 100. Charadas que usan los de arriba para mantener tranquilos a los de abajo.

Todo se me fue a las pailas con el terremoto y sus replicas, pero al menos me sirivó para algo (me refiero solo a mi medio personal, porque ya todos sabemos que sirvió para volver a unir al país en torno a una causa justa, que nos devolvió el mermado orgullo nacional a punta de donativo y lagrimas, que por fin vimos un abrazo sincero entre un agente de derecha y una lichadora de izquierda y todas esas cosas). Tanto movimiento me reubicó las prioridades, me tradujo los geroglificos de la mente, me dejó caer la teja, me cambió el orden de los sentidos: el sexto quedó primero … El terremoto y sus replicas me recordaron que despues de mi, tengo gente a la que querer y apoyar, que hay familia y amigos.

El terremoto y sus replicas me devolvieron una ciudad dañada y un pasado destrozado. El terremoto y sus replicas me obligaron a plantear muchas cosas y a empezas algunas desde cero. El terremoto y sus replicas me obligaron a volver a la realidad. En menos de tres minutos.

Discurso Gradución Cuartos Medios Generación 2008

Estimadas Caminantes:

Uno de los principales versos por los que se recuerda a Antonio Machado es: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. En medio del fervor automatista que nos controla hoy, resulta complejo, aunque lógico, pensar en trabajar cuatro años para lograr algo; más difícil aún si nos referimos a algo no concreto, a un bien a largo plazo como es la educación. El ser humano se diferencia de los demás por tener que, a lo largo de su vida, cerrar etapas, cambiar; el cierre de cada ciclo se vuelve más y más difícil cuando incluye emociones y sentimientos.

Hoy se cierra este ciclo. Abandonamos la convivencia diaria, terminamos el puente del que somos parte; un puente que fue nuestro medio para llegar hasta este otro extremo y que, a la vez, servirá de modelo para quienes deban, más adelante, seguir este mismo camino y construir un puente semejante; hoy podemos sentir la gratitud de haber terminado triunfantes nuestro andar por el camino y también el gozo por ayudar a otras a caminar en este largo y gran sendero.

A nuestro parecer somos una generación única, una generación diferente, que ha pasado por más variadas experiencias que las anteriores, como la “revolución pingüina”, protestando afuera del colegio, las salidas a “machetear”, la toma, el frío, el hambre, y el apoyo incondicional de nuestros profesores para defendernos del “guanaco”. Fueron dos meses únicos en nuestra historia de pingüinas, que después tuvimos que pagar viniendo de lunes a sábado hasta el 30 de diciembre. Son estas experiencias y muchas otras las que han dado fuerza y resistencia a la madera de nuestro puente, esas mismas circunstancias son las que han permitido que para este último trecho, sólo queden las piezas apropiadas que nos permitirán llegar al fin.

Ahora bien existe otros elementos indispensables, sin los cuales este puente ya hubiera caído hace tiempo: nuestras familias y nuestros profesores. En todo tiempo la familia es un pilar fundamental en la existencia de cada persona, y ustedes no son la excepción, son quienes acogen nuestras necesidades de comprensión, de estímulo, de cariño. Han sido uno de los soportes de este puente que unen los acantilados de la vida, sin dejarnos caer, permitiendo que avancemos sin mayores turbulencias.

Por otra parte, los profesores, directa o indirectamente nos alientan día a día a no caer, a no dejar que nos ahoguemos en nuestras tormentas dentro de un vaso de agua. De la misma forma, debemos agradecer a los auxiliares: gracias tía Regina por recibirnos día a día con una sonrisa, gracias, tía Patty por cada vez que nos preparó sus agüitas sanadoras, gracias tío Andrés por romper los candados sin llaves. Gracias tía Pauly, por el confort y su disposición a ayudarnos siempre. Son estas personas las que permiten que nuestro puente sea viable, accesible y seguro. ¿Qué nos queda sino agradecer? Claro está que a veces quisiéramos que desaparecieran de la faz de la Tierra, en especial los profesores, pero resulta innegable su ayuda en lo referente a nuestra formación; sin duda les debemos mucho.

Hoy, cuando damos el último paso para terminar de cruzar nuestro puente, un sinnúmero de sentimientos y emociones se agolpan y, a ratos, saturan nuestros sentidos: la nostalgia por el término de lo que ha costado tanto, a la vez, felicidad porque ya se cierra el ciclo y podemos ver los logros que hemos alcanzado, eso sin olvidar el miedo que provoca el comenzar algo nuevo y las inevitables preguntas que nos invaden: ¿Qué hacer al salir?, ¿Qué estudiar?, ¿Me alcanzará el puntaje? O ¿En qué trabajar?

A tanto llega nuestro nivel de neurosis que nos volvemos presas de la vida tecnologizada en la que los medios de comunicación, prometen destronar las relaciones humanas y, aunque en cierto modo, ya lo están logrando, ¿Qué puede reemplazar el abrazo de una amiga cuando estamos mal o bien cuando estamos rebosantes de felicidad? Esa amiga que te acompaña en todas, que sin dudarlo te dice que sí, que cuando la conociste te cayó pésimo, pero que sin querer es igual a ti; que es la alegría constante de cada día aquella que no cambiarías ni por mil puñados de oro.

Lo más probable es que los lazos fuertes perduren en el tiempo, mas la diaria convivencia de nueve horas, el gritar juntas por la misma causa o tirarnos agua cual niñas pequeñas será casi imposible repetir. Somos cursos que, cada uno, se unen en momentos de crisis, de competencia y de demostrar quiénes somos y que, gracias a ello, deja una huella imborrable en las arenas de la vida de quienes han compartido con nosotras.

El puente ya está terminado, sólo falta que terminemos de cruzar, partimos sin un camino, pero hicimos nuestro camino al andar.

Muchas Gracias.

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Identidad

Se acerca el verano y no hay cosa que me guste más que u  jugo helado de muchas frutas. Fue una tarde mientras leía a Gabriela mistral tomando uno de estos exquisitos jugos, cuando imaginé que Chile es como un jugo. Porque el jugo tiene historia: desde que es sembrado aquello que llegará a ser la fruta, hasta que recorre mi garganta con su sabor dulce. Así comienza este ensayo, con algo que quiere llegar a ser la Identidad Chilena pero que tal vez no tenga un final feliz.

Puede que la historia de Chile comience antesm pero para mí, y para muchos, la llegada y conquista de los españoles marca el inicio del descubrimiento de lo que en esta franja de tierra había. Las guerras entre araucanos y españoles, son el primer bocado de lo que las rencillas entre estos pueblos ocacionaría, pues los españoles llegaron intentando imponer su idioma, sus creencias, su historia, en suma: su cultura. Es aquí donde la discusión sobre si nuestro origen es mapuche o mestizo… La fruta que será ingrediente priomordial en este jugo comienza a tomar forma, aunque su sabor y color no son, aún, suficientemente buenos.

Partiendo por aquí, el concepto de identidad toma algo más de color, porque ¿cómo comienza a definirse esta “nueva raza” producto del mestizaje? Jorge Larraín en “Identidad Chilena” propone que todo se definió en opocisión a lo español es decir, Chile era lo que España no establecía, lo cual pierde cierta validez su consideramos que gran parte de lo que hoy consideramos nuestra cultura, no es más que un legado español. Ahora, lo de la opocisión cobra gravitante validez al considerar a la familia: el español que llega a Chile, tiene hijos por donde quiere, dado que no hay ataduras que lo ligen a ese ser, por lo tanto, pasa a ser la mujer la que defiende con bravura a los suyos y quien “sabe salir adelante en una posición combativa frente a los hombres” (Ariztía, 1). Hasta aquí y gracias al esfuerzo de madres indigenas y luego mestizas, el jugo chileno tiene cierto gusto a fruta tierna y dulce.

Ahora bien, nada de esto podría seguir tomando forma si el avance de los chilenos, nacidosen este territorio, no hubiese logrado tan importantes hazañas como la Independecia de la Corona y la Constitución de la Repúcblica. Cuando el trabajo ya está más o menos avanzado, el eje de comparación deja de ser España, pues ya asumimos muchas de las cosas quenos fueron impuestas , para pasar a compararnos con los más cercanos, con los países latinoamericanos que tienen una similar, como contienete conquistado con similares creencias como la creencia religiosa de una madre vírgen protectora a la que se le debe respeto y devoción. Con respecto a América, “El laberinto de la soledad” de Ocatvio Paz, pasa a ser una muy buena fuente ya que señala a latioamérica como un “adolescente vacilante entre la infancia y la juventud, queda suspenso un instante ante la infinita riqueza del mundo” (Paz, 11). Por lo tanto, si Latinoamérica es como un adolescenteque se “asombra de ser” ¿qué queda para Chile? Si, porque latinoamérica es la suma de muchos aportes de las diferentes culturas que en ella coexisten; Chile sólo tiene parte de esos aspectos que lo harían poseedor de una identidad. Ahora bien, si se considera que por ser de cierta forma, compartir algunas costumbres y hber nacido sobre una misma faja de tierra somos chilenos, y eso es nuestra identidad, bien por los que así lo crean. Yo, en cambio, creo que el ser chilenos va un poco más allá, ya que por el mismo hecho de que nuestro país sea un larga y angosta faja de tierra, cada uno desarrollará la Identidad según el la forma de vivir en el lugar en que esté. Por ejemplo, los chilenos del Norte Grande viven la fiesta de la Tirana; los chilenos de los valles centrales peregrinan a Lo Vasquez: Y si nos vamos a la geografía como magistralmente lo hiciera Gabriela Mistral, encontramos a un Norte silencioso, que sólo es interrumpido por el trabajo armónico de los picos y palas. Lugo, en los Llanos Centrales, los sonidos “se han mudado” y “los sonidos se humanizan y se ablandan sobre el suelo de pulpa” (Mistral, 2). Pero no podemos saltarnos los sonidos de los buques y el aroma marino del puerto de Valpariaíso. Más hacia el sur, la Patogonia no tiene mayor sonido y cuando algo se oye, es “una marca salvaje que pecha y forcejea en el gran estrecho” (Mistral, 2).

En este momento, quisiera beber del jugo apetecido por más de un año de la Identidad Chilena, pero lo pruebo y su sabor y aroma no me agradan, tal vez porque la fruta aún necesita madurar. Sigue leyendo

Ahí

¿Por qué todo terminó así? Porque nos dejamos estar, porque desaprovechar los valiosos escazos momentos que la vida nos ofreció porque pensamos que después sería mejor, que había algo más importante y más urgente que hacer. Nos dejamos atemorizar por lo no concreto que es más fuerte cunado no estamos seguros de lo que queremos o pensamos. Tal vez fué una milésima de segundo en la que nos mantuvimos vacilantes frente a lo que debíamos hacer o incluso menos tiempo el que transcurrió, pero se volvió largo como una eternidad. Quedamos con las acciones en la punta de los sentidos, con todo ad portas, con la intención que sin obra es muerta.

Supongo que cada uno a dajado pasar más de una buena oportunidad a lo largo de su vida, y a la larga, suelen ser esas cosas que perdimos las que más nos pesan, las que más pueden haber representado cambio… ¿Y de qué sirve lamentarse? ¿de qué culparse? A estas alturas de nada que no resulte negativo para el alma. Lo hecho, hecho está y a eso: pecho. Buscar nuevas oportunidades es lo que nos queda y he ahí la diferencia: las oportunidades tendremos que buscarlas… las que venían a nosotros ya no volverán, ya se perdieron.

¿Será mejor entonces tomar las desiciones por adelantado? Según mis padres es lo mejor: que cuando llegue el momento yo ya esté segura de lo que pienso al respecto y de qué línea seguirán mis desiciones. ¿el moemto? el momento de ser yo quien decida y no esperar que alguien me diga qué hacer. Ponerse en el peor de los casos, esperar lo que no queremos y aún así saber que hacer y si es lo que anhelamos tanto mejor.

La mayoría de nosotros tiene más que clara cada una de estas cosas, pero en cierto momento, cuando es la hora de actuar y no de suponer, se nos borran, se esconden tras una clave que parece que no conocemos. Los errores están a la vuelta de la esquina, meter las patas es diez mil veces más fácil que sacarlas.

Hablar por experiencia …

Deseos de cosas imposibles

Como todas las parejas nuestra primera reacción fue un: ¿Qué hacemos ahora? Y luego un abrazo apretado que conjugaba la desesperación de no saber qué hacer y una felicidad que prometía ser eterna. En las cosas de este mundo, los sentimientos de culpa son los peor mirados, aunque sabía que lo peor vendría cuando mi mundo se diera cuenta de la forma en que mi vida se trancaría: sin estudios y, por ende, con expectativas reducidas. Y quiera negarme o no a la idea, voy a ser la oveja negra de la familia, la niña que no sabe controlarse, la sin conciencia de futuro, o de un más allá, de ese más allá que para todos ellos es la Universidad y su apoteósico augurio de vidas llenas de lujo, de dinero y ambición.

Tendremos que decírselo a tus padres, me comento en silencio sin esperar respuesta. Con los ojos bajos y la cara desfigurada. Ambos teníamos conciencia de que ese momento sería el más difícil de tragar, y que no podríamos lograrlo si no estábamos los dos juntos, caminando de la mano. Si había algo de lo que estaba realmente segura, era de que ese bebé viviría, no tomaría el camino corto y cobarde del aborto y hasta cierto punto, estaba también segura de que no quería darlo en adopción. Me cuestioné el comunicárselo a mi familia, tenía miedo de sus canónicas reacciones, de su miedo a la sociedad que los gobierna y los tiene por esclavos, viviendo para ella.

Esperé hasta la primera visita al médico para pedirle a Felipe que nos fuéramos lejos, que desapareciéramos hasta que el bebé naciera. Pero en el fondo sabía que era imposible. Felipe trabajaba para pagar sus estudios y ayudar a su familia y yo vivía dependiente de mis papás, que a su vez vivían esclavizados por sus deudas. Estaba perdida, sin salida, tendría que enfrentarlo y pronto, la panza empezaba a resaltar. Me compré fajas y un cuanto hay para alargar el plazo, pero unos meses después ya era imposible. En el colegio los profesores sospechaban, mis compañeras comenzaban a hablar a susurros, como si uno no lo notara, y mis amigas intentaban convencerme de que dijera toda la verdad. Con Felipe ya habíamos peleado al menos tres veces y cada vez me hablaba menos, sólo para saber cómo estaba y qué necesitaba. Me fui quedando sola de a poco, sin darme cuenta, sumiéndome en la omisión de lo que la mayoría de las mujeres celebra. Mi plan no funcionaba tan mal después de todo; hasta el momento, 5 personas sabían lo que estaba pasando y de esas 5 una era Felipe y otra el médico. El vientre se mantenía en un tamaño moderado con las fajas y, gracias a una estricta dieta, logré mantenerme un mismo peso e incluso bajar. Pero no contaba con un factor detonante para mi plan. Quedé embarazada en octubre, las pruebas finales se me vinieron encima y la tensión que me provocaba el estar obligada a pasar de curso, me jugó una malísima pasada. Fue antes de la prueba final de física; había estudiado dos noches sin descanso, llegué a la prueba con 5 horas de sueño en el cuerpo, casi sin comida, porque había estado vomitando la mayor parte del tiempo y con una presión asquerosa. Estaba en la mitad de la prueba y dejé de sentir mis piernas, a los pocos segundos, todo se vio borroso y después perdí el conocimiento. Me llevaron a un hospital y cuando desperté estaba mi mamá sentada hacia la pared, llorando; mi papá apoyado en la cama, llorando también y mi hermana hablando con una enfermera.

No sé como se enteraron, nunca han querido tocar el tema. Estoy segura de que mamá y papá me odiaron en algún momento: su conchito, la regalona, la niña ejemplo estaba embarazada y quién sabe de quién. Mi hermana fue la más abierta al tema, no tuvo problemas para abrazarme cuando la necesité, para escucharme, para decirme te sigo queriendo, para apoyarme y para intentar ubicar a Felipe, que no se había vuelto a comunicar conmigo. De hecho, lo encontró y consiguió que fuera a la casa, mis papás lo sermonearon y no dejaron que me viera; le pidieron que se alejara lo más posible de mí y de mi hijo, que no lo iba a necesitar. Pasé el resto del embarazo encerrada, salí sólo para dar la prueba de física que había dejado pendiente y para ir al médico. No tenía mundo, mi vida había quedado afuera. En vista de mi soledad, me refugié en ese niño que esperaba nacer, en la esperanza de vida que albergaba. Pero a la par que lo amaba, odiaba los malestares que me provocaba. Odiaba las tardes con vomito encerrada en el baño, odiaba los mareos, las nauseas, los dolores de espalda, la soledad en la que me había radicado. Cada día pensaba en lo felices que podríamos ser, pero en lo infeliz que era yo en ese momento. Intenté olvidar que estaba allí, intenté sacarlo de mi inconsciente que me gritaba en la cara en el error; si, porque eso era, el error de cálculos que arruinó el cálculo de mi vida. En la lejanía de la calle estaba mi verdadera felicidad, las tardes de caminar y conversar con Felipe para planear nuestra vida juntos, las jugarretas con mis amigas, el ser ese ser libre que es uno a los 16 años. Perdí el año siguiente en el colegio; mis papás decidieron que lo haría después, cuando el niño ya hubiera nacido. Los odié por ello. ¿Acaso no me creían capaz de hacerlo? No, ellos no me creían capaz de nada.

A los ocho meses ya no quería más guerra, las contracciones comenzaba a asustarme, ese dolor asfixiante que viene por minutos y se va, que viene y se va. Me llevaron a una clínica, para me dejaran allí hasta que esa masa de músculos, huesos y nervios se dignara nacer. Nadie sabía con certeza qué sería: si en una ecografía era niño, en la siguiente era una niña; debo reconocer que el estar allí fue más agradable que la estadía en mi pieza. Veía gente pasar por la calle, a las enfermeras entrar y salir para tomarme la presión, para medirme, para mirarme y toquetearme. No tenía idea de qué pasaría, pero fuera lo fuera, tampoco quería saberlo. Todas mis tías siempre hablaron pestes del parto, del dolor, de la sangre; me había creado una imagen mental a base de sufrimiento y rechazo que no quería conocer. Me dijeron que había llegado el momento, así que me abandoné a las manos del médico, me dejé llevar por las manos del camillero que me conducía a una especie de quirófano, me confié en la enfermera que me conectaba cables para medir todo lo médicamente medible. Me dejé consolar por las últimas palabras de mi hermana: “Todo va a estar bien”. El médico me dijo algunas cosas, de cómo respirar, de qué pensar, de qué hacer. Pero al parecer nadie le dijo a esa criatura qué hacer; porque si alguien lo hubiera hecho, yo hubiera continuado con mis estudios, al menos por un tiempo, hubiera seguido con mi vida, hubiera continuado con el amor de mi vida, hubiera podido saber si era un niño o una niña, hubiera entrado a esa sala de parto sabiendo que era lo mejor que le podía pasar a mi vida. Si alguien le hubiera dicho qué hacer, tal vez no hubiera puesto tanta resistencia, tal vez hubiera dejado que el corazón de mamá latiera un poco más, para no quedarse sin ella siendo tan pequeñito.